En las entrañas la antigua sexi, entre laderas pobladas de memoria, suena todavía -aunque con menos frecuencia de la que merece- el fandango cortijero. Una música de ida y vuelta que no necesita escenario ni micrófono: le basta un patio de cortijo, una botella con llave y unas palmas bien marcadas para encender la fiesta.
Este estilo, también conocido como fandango chascarrero o chacarrá, sobrevive como herencia oral de los campesinos que, entre cosecha y cosecha, encontraban en el cante y el baile un espacio de comunidad, improvisación y resistencia cotidiana. Su origen se entrelaza con los verdiales de los Montes de Málaga y la Alpujarra granadina, aunque el fandango cortijero tiene un carácter singular: su mezcla de sencillez, compás ágil y libertad expresiva.
Se baila en parejas -a veces mixtas, otras veces no- y suena con una formación musical tan variada como ingeniosa: guitarra, violín, bandurria, laudín, acordeón, pandero, platillos, almirez, carrañaca, palillos… Incluso una simple botella de anís se transforma en instrumento cuando la ocasión lo pide. Todo al servicio de una música pensada para el cuerpo, para la tierra, para la fiesta.
En Almuñécar, el fandango cortijero resiste gracias al esfuerzo de quienes se niegan a dejarlo caer en el olvido. Asociaciones como la de Amigos del Fandango Cortijero lo mantienen vivo con ensayos, encuentros y talleres, y cada año suena con fuerza durante las fiestas patronales del 15 de agosto, acompañando a la Virgen de la Antigua, patrona del municipio. También aparece en romerías como la del Pago El Cerval, en La Herradura, donde sigue ocupando su lugar como expresión de alegría colectiva.
Más allá de su valor musical, este fandango guarda conexiones con otras formas de arte popular, como el trovo. Figuras como Miguel García "Candiota" han bebido de su estructura rítmica para trenzar coplas y décimas improvisadas. Porque el cortijero no es solo un baile: es una forma de contar, de resistir, de estar juntos.
Hoy, en medio del ruido digital y los festivales masivos, el fandango cortijero se presenta como un acto de autenticidad. No busca likes ni escenario, solo una voz que cante, unas manos que toquen y unos pies que bailen. Quizá no tenga todavía el lugar que merece en los catálogos oficiales del flamenco, pero cada vez más voces lo defienden como lo que es: una joya popular, hecha de pueblo y para el pueblo.